viernes, 22 de mayo de 2015

YA SE SABE POR QUÉ...




Ya se sabe por qué los jóvenes de hasta 20 años tienen conductas temerarias y peligrosas.

Antes se pensaba que era por falta de percepción del riesgo (de accidente, sida, alcohol, drogas, con respecto a las guerras, puenting, etc....) pero ahora se ha demostrado que eso no es cierto del todo. No existe el efecto "soy invulnerable" o efecto " sólo se la pegan los demás". 

Los jóvenes perciben más riesgo del real en la carretera, ante el sexo, al apostar...., es decir, son bastante "miedicas". Ven más peligros por todas partes que los que muestran las estadísticas y probabilidades en comparación con los adultos. 

Entonces, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué ese gusto por el riesgo, la experimentación, la novedad y la impulsividad típico de esos “descerebrados”? 

La respuesta se ha encontrado donde menos se esperaba. En el desarrollo (o maduración) secuencial de su cerebro, que empieza en el cerebelo y sigue poco a poco hasta terminar en los lóbulos frontales. Es parecido al control del esfínter de los niños. 

Hasta los 20 años aproximadamente no completan el adelgazamiento progresivo de la materia gris encefálica. En esa zona frontal están los centros de planificación de las acciones, el razonamiento lógico y el control de los impulsos. Es decir, se arriesgan porque no pueden controlarse (todavía), no porque no vean los peligros. 

Los ejércitos emplean jóvenes como fuerza de choque porque no perciben tanto riesgo. 

Hay mas comportamientos sociales que se explican gracias a este descubrimiento reciente. Las campañas de prevención de accidentes en carretera apelando al razonamiento de los jóvenes son inútiles, como ya se sabía. Sin embargo hay varias soluciones eficaces que se están aplicando. ¿Cuáles? Continuará en la siguiente entrada.

Frase corta: "La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo"



Javier Martinowsky 
Colaborador de DECH



miércoles, 20 de mayo de 2015

FELICIDADES OFICIALES




Los abelam de Nueva Guinea rinden culto religioso a los tubérculos de ñame y todos los varones compiten constantemente por ser los más destacados como cultivadores. La mayor felicidad consiste en obtener el ñame más grande. Las mujeres tienen prohibido entrar en las huertas.

Los acauayos de Guyana creen que sus antepasados descendieron del cielo. Los tatuajes en el rostro tienen significados culinarios. La felicidad consiste en tatuarse más y mejor que las vecinas.

Los acholis de Uganda no guardan lealtad a su país, ni a su tribu, ni siquiera a su pueblo. Solo a su barrio. Es más feliz quien más lo defiende.

Los afares de Etiopía comen con la mano derecha, reservando la izquierda para funciones higiénicas. Es un insulto gravísimo aceptar un obsequio con esta mano y es más feliz quien más puede regalar.

Y solo estamos empezando con la “a” de una lista de 500 pueblos del mundo ordenados alfabéticamente intentando extraer las felicidades obligatorias o comunes.

En nuestro entorno también las hay: se puede ver a gente feliz cuando Messi mete un gol, cuando sale Belén Esteban, cuando vemos a Berto y Buenafuente, cuando cuentan que se van de puente a esquiar, cuando gana su equipo o cuando matan una perdiz. Es oficial ser feliz teniendo lavadoras, o iPod, o viajando.

Hoy iniciamos una investigación que nos tendrá ocupados durante un tiempo. Como siempre, una lectura nos sugiere una pregunta, que  supone un reto, que nos pone a buscar en Google o en libros, que copiando y pegando textos llena muchos folios, que luego hay que ordenar.

Intentaremos escribir, si conseguimos aclararnos, algo que titularemos “Las felicidades oficiales”. Sospechamos que tendremos que empezar por alguna clasificación provisional y el título también podría ser “Zoología de felicidades”. Suena bien.

De momento ya hemos descubierto algo importante: una de nuestras felicidades consiste en clasificar cosas que nos resultan borrosas. Otra es tener un proyecto. Otra es estar ocupados. Otra estudiar, y hacer descansos paseando al sol entre atracón y atracón de lectura. Otra es poder contárselo a alguien.

Seguimos con la letra "a":

Los aimaraes de Perú-Bolivia  desconocen su historia y no tienen ni la menor idea de cuándo llegaron al inhóspito territorio que habitan. Son felices cuando lucen sus vistosos sombreros y mascan hojas de una planta (Erythroxylum coca) muy mal vista por las autoridades del resto del mundo.

Continuará...



Javier Martinowsky 
Colaborador de DECH


lunes, 11 de mayo de 2015

LOS VISITANTES




Cuando nacemos nos dan tres cosas: una palmada en el culo, una barra de pan y un ruidoso manojo de llaves. La primera es para respirar y el segundo para conservar el refranero popular. Sin embargo, el tercero es más difícil de explicar. 

Cuentan que esas llaves fueron forjadas para abrir algunas puertas que se irán alzando sucesivamente a lo largo de nuestra vida, desde ese punto de no retorno que llamamos nacimiento. 

Millones de portales que acceden a un mundo definido por su diversidad, donde viven curiosos, amables, engorrosos y dañinos visitantes, aunque ellos prefieren ser llamados recuerdos.

Llaves que conservamos y usamos desde nuestra consciencia, mientras que otras se pierden por el camino, tomando la apariencia de olores, imágenes o lugares que llaman a gritos a esos visitantes del pasado.

Por último, existen incontables umbrales a los que no tenemos acceso, solo ellos, los recuerdos tienen el poder de abrir la puerta y escapar hacia el presente

Independientemente de cómo se acceda al mundo pasado, lo que tenemos claro es que la intención de los visitantes, o recuerdos, no es siempre la misma. Algunos vienen para alentar y sonreír complacidos ante su mundo paralelo, el presente, mientras que otros vienen para acorralarnos en forma de frustración, dolor y confusión impidiéndonos avanzar. 

Visitantes que, invitados o no, muchos exterminarían de buena gana. Molestos, inoportunos y mal intencionados que vienen a desbaratar el orden presente, apoderándose del tiempo de forma absoluta, amenazando con su negativa perspectiva.  

La guerra está servida desde el primer segundo de vida, por eso algunos investigadores aquí, en el presente,  han sacado sus armas. 

El Intituto Scripps en Florida ha encontrado el fin del principio de los recuerdos. La latrunculina (LatA) es un compuesto que secuestra a la actina, la madre creadora de nuestros visitantes. Sin embargo el estudio solo ha sido realizado con ratas de ensayo y con un fin muy específico, los recuerdos asociados a las drogas. 

El experimento se llevó a cabo con ratones durante seis días, a todos se les administró en los días impares hidrocloruro de metanfetamina. En los días pares la mitad de los roedores recibió un placebo salino y fueron introducidos en otra jaula. Mientras que a la otra mitad se les inyectó lantruculina (LatA), el principio que retiene la actina, encargada de formar y revivir recuerdos asociados a las drogas. Después fueron metidos en la misma jaula con el resto de animales.  El resultado fue que aquellos que habían recibido el principio inhibidor de la actina, no mostraron prioridad a la hora de elegir jaula. 

Este experimento puede ser la panacea y solución para muchos atormentados por esos inquietantes visitantes del pasado, pero la realidad es los recientes descubrimientos están centrados en ayudar a personas drogodependientes

Por el momento, la guerra ha de librarla cada uno. Una infinidad de batallas que pueden combatirse desde la voluntad de aprender de los errores pasados, tomándolos como sabios consejeros en lugar de desafiantes enemigos. 

Otra arma que muchos no conocemos, es lo imposible que resulta interrumpir la constante transformación de nuestros recuerdos. Cada vez que salen a la superficie del presente son alterados por nuestro estado de ánimo, aunque pensemos que los hemos teletransportado de forma íntegra, la  realidad es que nuestro cerebro altera el recuerdo. 

Un dato importante  a tener en cuenta ante la repentina presencia de nuestros visitantes, saber que son el reflejo del pasado deformado por un caprichoso presente. 


Sofía Pueyo González | Periodista

lunes, 4 de mayo de 2015

PROCRASTINACIÓN

Según la Wikipedia, la “procrastinación” parece ser el “hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables”. Vamos, lo que hemos llamado pereza o vaguería toda la vida, aunque llamarlo con esa palabra de origen latino hace que suene menos vulgar. 

Seguro que más de uno recuerda lo mucho que odiaba recoger su habitación cuando era joven y el afán espontáneo por hacerlo y que surgía en determinados momentos: justo cuando tocaba que estudiar para el examen del día siguiente. Quizás hasta ahora que necesitaba ordenar lo de fuera antes de tratar de ordenar (introduciendo más conocimientos) dentro de mi cabeza; mi madre pensaba que sólo retrasaba el momento del estudio, aunque se alegraba de que al menos recogiera; pero resulta que estaba procrastinando: sustituyendo la actividad menos agradable por otra menos desagradable en comparación. 

Aunque la procrastinación, como no podía ser de otra manera, tiene más profundidad que la clásica vagancia. Podemos ser procrastinadores crónicos o eventuales, dependiendo de que tengamos el hábito o sólo pequemos de vez en cuando. En los tiempos que corren, el aumento de distracciones a través de la televisión o de diferentes artilugios tecnológicos hace que seamos más proclives a procrastinar, tenemos más tareas irrelevantes que pueden sustituir y postergar las tareas importantes, pero estresantes o aburridas, que nos quedan pendientes. Internet es el gran ladrón de tiempo de nuestros días.

Aunque algunos especialistas lo tratan como un desorden, parece ser un problema de gestión del tiempo. Los motivos para sustituir unas tareas desagradables por otras placenteras son muchos: porque nos estresan, porque nos deprimen, porque somos perfeccionistas, porque no somos perfeccionistas… Parece que es un mal generalizado. Todos podemos retrasar las tareas que nos agobian en determinados momentos, el problema surge cuando se hace de manera sistemática como una forma de evasión o esperando que se solucione solo.

¿Cómo superar esta tendencia a la pereza? Algunos consejos: aprender a gestionar el tiempo y no perderlo en actividades improductivas, aceptar que podemos fracasar, conocernos para saber cuándo somos más productivos y cómo distribuir nuestras tareas, hacer listados y crearnos rutinas… Al final se trata de organizarnos, siendo conscientes de nuestras posibilidades y evaluar si hemos cumplido lo proyectado.




María de la Cruz Rubio | Colaboradora de DECH